lunes, 11 de abril de 2011

Por la moral de Tartufo



Me imploraste que no diera
un paso más en las tinieblas.
Me guiñaba un ojo la luna
y le dí la espalda por vergüenza


¡No te acerques a la bóveda celeste
Está enferma de varicelas
resfriada de melancolía!
anhelaba perderme en ella.

Qué importa si me contagiaba
Yo ya estaba enferma
Entre tantos Tartufos
No existe panacea para mi alma.

Bien lo decía Ingenieros
La hipocresía es el arte
de amordazar la dignidad
Moliere lo supo primero.

La función empezó a las diez
bajo el vaivén de las olas
las miradas cortantes
y el guión ensayado en demasía.

Era un pez fuera del agua
que se moría lentamente
en cada bocanada de aire
henchido de dobleces.

Nunca tantas navajas
apuntaron a mi cabeza
Cercenaron mis argumentos
Castraron mi lengua.

Empuñé la única arma
que tenía: la reserva
y caminé con sigilo
hacia el precipicio.

La omisión a veces
es tomada por prudencia.
Ante algunos antagonistas
es mejor enmudecer.

Más aún cuando se trata
de mentes obtusas
que llaman ignominia
a cualquier cosa.

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